miércoles, 8 de enero de 2014

Ella bailaba. Bailaba como si el mañana de repente hubiera desaparecido. Cerraba los ojos y movía las caderas en todas direcciones, sin parecer salida de un manicomio. No. Más bien parecía recién salida del paraíso. Esa manzana que todos y todas querían morder. No era por el cómo bailaba, que, dicho sea, era espectacular, armonizante, electrizante.
Era su halo, el aura que la rodeaba. Parecía envuelta en una capa de fe, de ego, de energía positiva, de independencia. No estaba sola y aún así parecía la única en el centro de la pista. Todos la miraban.
Algunas cuchicheaban, pero, ¿qué mas da? Era su vida.
¿Qué iban a poder hacer, sin su consentimiento? Ella tomaba las riendas, se había soltado la soga que la asfixiaba para usarla de fusta. Olía a sexo. A feminidad. Ella tenía las riendas, y lo sabía.
Y bailaba.
Y no dejaba de bailar,de provocar. La música le era indiferente, la gente le era indiferente. Y eso gustaba.
Mientras más le resbalaba la gente por su (perfecto) cuerpo, más sudor provocaba en ellos. Y le encantaba ser el centro de atención... le encantaba tener las riendas.


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